Habitualmente escuchamos hablar y relacionar a las organizaciones con el concepto de “Responsabilidad Social Empresaria” o con su abreviatura “RSE”. Bajo dicho término solicitamos a las organizaciones que sean responsables con su entorno y, a su vez, que sus decisiones no se limiten a realizar un análisis dual “Empresa-Cliente”, sino que integren al contexto y no se generen externalidades negativas en otras partes que puedan ser afectadas. O sea, a la hora de tomar decisiones, se debe contemplar no solo la rentabilidad del negocio sino a todas las partes a las que se pueda afectar, incluyendo el medio ambiente. Esta situación de respeto hacia la sociedad y al entorno en general, es sumamente beneficiosa para la organización que lo lleve a la práctica, no solo porque creará una imagen de marca responsable y de compromiso hacia todos los sectores involucrados en sus decisiones, sino porque permitirá que la misma ¿subsista a lo largo del tiempo?.. ¿Esto es así?
Desde mi punto de vista y teniendo en cuenta ciertas variaciones en función de factores culturales y educacionales que se presentan en las distintas regiones, podemos decir que lamentablemente no siempre es así. Ahora, ¿por qué razón puede seguir existiendo una organización que afecta a su entorno? O, siendo más específicos, ¿por qué razón le continuamos comprando a una empresa que contamina mi río?… A esta pregunta se le pueden anexar varias respuestas posibles, pero el que tiene la respuesta definitiva es el consumidor; que es el que continúa adquiriendo el bien o servicio que brinda dicha organización (la cual puede ser pública o privada). ¿Qué pasaría si los consumidores no compraran una determinada marca porque ocasiona determinada externalidad negativa? ¿Seguiría con vida? La respuesta sería No o, al menos, la organización debería cambiar.

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“El gigante dormido”
Tomando uno de los comentarios sobre el excelente libro presentado a principios del año 2.000 por Klaus Werner y Hans Weiss, y que han titulado “El libro negro de las Marcas”, podemos observar y deberíamos comprender el poder y la responsabilidad que tenemos los consumidores al momento de decidir una compra.

“El consumidor político es un gigante dormido…” (Ulrich Beck)

Si el “gigante dormido” o lo que es lo mismo, nosotros los consumidores, fuéramos responsables en nuestra selección de marcas, ocasionaríamos cambios sumamente positivos en el entorno; y solo con tener un mínimo criterio que excede a la satisfacción de los deseos individuales. Todos podemos ser “consumidores políticos” con solo no utilizar bienes o servicios que provengan de organizaciones que no son responsables para con la sociedad.

La decisión de compra, en un consumidor responsable, no se debe limitar a que el bien o servicio cumpla con nuestros requisitos de calidad o tenga un buen precio; dado que, posiblemente, estos objetivos que a usted lo satisfacen han sido alcanzados perjudicando a otras personas, al medio ambiente e, incluso, a usted mismo.
Llevar a la práctica esta decisión de ser consumidores políticos no requiere más que información, la cual, llevado a nuestros días y a los avances alcanzados por la tecnología y la comunicación, son de simple acceso. O, en ocasiones, lo puede ver usted mismo, lo que solo requiere de querer observar y ampliar el análisis al momento de decidir la compra.

Ser un “consumidor político” solo nos demanda la simple decisión de saber hacia qué organización dirigir la compra. Esta acción tiene resultados positivos de 360°, incluyendo a la misma organización.

Lic. Julián Candermo
@JCandermo
www.jcandermo.com.ar

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