El problema de los profesionales obsoletos y las nuevas generaciones

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El fantasma de la crisis no es algo que solo persiga a pequeñas y medianas empresas, sino que también persigue a los más jóvenes y como reacción se está produciendo un importante cambio en la forma de ver y pensar de una nueva generación.

Generación Y, Millennials o generación del Milenio, no importa el nombre de los nacidos entre 1979 y 1993, lo que importa es prepararse para poder dar la cara en una sociedad donde hay que luchar por un puesto de trabajo. Saben que hay muchos otros como ellos aspirando al mismo puesto y si no lo tienen, se lo inventan. Así ha surgido una generación dispuesta a todo: a emigrar a otros países, a aprender más de tres idiomas, a buscarse la vida, a usar las tecnologías aunque no hayan nacido con ellas, a amoldarse a los cambios, a aprender a ser multitarea…

Esta nueva generación llega pisando fuerte y promete dejar obsoletos a muchos profesionales algo más veteranos en casi todas las empresas, siempre y cuando, no se ponga una solución. ¿Cuántos trabajadores hay hoy en día de más de 40 años que se sienten cómodos y estables es su puesto de toda la vida?

Bien es cierto que la crisis amenaza, pero si llevas más de 20 años en el “cuartel” y trabajas en una PyMe puedes estar tranquilo.  No todas las pequeñas empresas pueden permitirse el lujo de pagar una indemnización de 20 años para cambiar a un profesional que se les está quedando obsoleto por múltiples motivos y ahí se mantendrá hasta el día de su jubilación, si es que la empresa aguanta.

Y yo me pregunto: ¿dónde está el entusiasmo de esa persona? ¿Dónde sus ganas de trabajar? ¿dónde se ha escondido el espíritu emprendedor con el que entró en esa empresa hace 20 años?

El principal problema al que se están enfrentando trabajadores y empresarios es precisamente el de renovarse o morir. Sabemos que no es sencillo y que hay muchas barreras en el camino a la renovación, pero si no lo hacemos, el tiempo continuará pasando y cada vez la obsolescencia será mayor.

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¿Qué barreras nos impiden renovarnos?

1. En primera posición está la falta de conciencia. Muchos trabajadores no se dan cuenta o no se percatan de que necesitan una renovación inminente y esto viene dado por diferentes causas:

  • Rutina y zona de confort: este es un hecho que nos absorbe. Nos metemos en una rutina en la que todo es igual y, aunque a veces nos aburre, queremos que se mantenga tal y como está. Estamos seguros dentro de nuestra zona de confort, esa en la que estamos tranquilos y calentitos y no hay necesidad de complicarnos la vida con más problemas. Cuando todo es nuevo nos encanta plantear ideas y pasamos mucho tiempo pensando en lo que hacemos o dejamos de hacer, pero cuando se instala la rutina nos limitamos a cumplir con lo establecido, «deprisita» y sin que nos provoque mayores quebraderos de cabeza. La rutina impide que veamos la necesidad de un cambio en nuestras vidas, porque nos asusta salir de la zona de confort.
  • Falta de autocrítica: Si la rutina es peligrosa, la falta de autocrítica es un monstruo mayor. Cuando pasas demasiado tiempo haciendo algo y empiezas a creer que no hay nadie que sepa más sobre ese tema que tú mismo, es cuando todo termina. No se aceptan las críticas ajenas y ni se plantean las propias. Por lo tanto, el único que desempeña esa función bien es uno mismo y el resto de la humanidad está equivocada. Ante premisa semejante, solo cabe una afirmación más: Si lo hago tan bien, ¿para qué cambiarlo?

2. El segundo puesto lo ocupa la pereza. Renovarse implica un interés en buscar contenidos que amplíen nuestros conocimientos, implica aprender cosas nuevas y estudiar nuevas formas de hacer las cosas. En muchos casos no apetece nada volver a estudiar, no hay ganas, después de discutir con compañeros, superiores y clientes, de llegar a casa y ponerte con una formación. Aunque sí que existen casos en los que los trabajadores deciden renovarse por su cuenta, son los menos. Lo normal es que este punto nos lleve al siguiente.

3. Falta de interés. El pensamiento más extendido es: «No voy a echar más horas fuera del trabajo para formarme si no me las pagan».  Esto, realmente es un problema que afecta a todos. Los trabajadores de una PyMe no se sienten motivados para formarse y no tienen interés en hacerlo por muchos motivos como: que tienen que usar su tiempo libre para hacerlo, no van a cobrar más por tener más conocimientos, los cursos cuestan un dineral y deben pagarlos ellos mismos… Esto nos lleva a la siguiente barrera.

4. Falta de recursos.  Los cursos son caros y muchos trabajadores, sobre todo de PyMes, no pueden invertir esas cantidades en pagar la formación, pero, por desgracia, la empresa tampoco. No por que no pueda pagar un curso, sino porque solo podría pagar un curso. ¿Cómo se decide a qué trabajador matricular? ¿A quién excluye?

5. Falta de tiempo.  SI la falta de recursos es un problema que se consigue solventar de alguna menera, entra en juego la siguiente barrera: la falta de tiempo. Esta falta de tiempo, sobre todo en las PyMes, viene dada por la disminución que han experimentado muchas plantillas. Ahora hay que ocuparse de más labores que antes estaban más distribuidas. Además, una PyMe no puede prescindir de ninguno de sus trabajadores a no ser que se trate de una fuerza mayor.

Teniendo en cuenta la visión de un trabajador, ahora toca focalizarse en el punto de vista de la empresa, sobre todo de la pequeña empresa. No podemos comparar una PyMe con una gran empresa, error en el que suelen incurrir los trabajadores. Las grandes empresas pueden permitirse pagar horas extra a sus trabajadores para formarse o consiguen promociones buenísimas en materia de formación y, por supuesto, que diez de sus trabajadores se ausenten durante 48 horas para recibir algún curso no les supone un gran quebradero de cabeza. Sin embargo:

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¿Qué sucede cuando en vez de una gran empresa es una PyMe la que quiere formar a sus trabajadores?

Se suelen encontrar otras tantas barreras:

1. Exceso de confianza: Las pequeñas empresas son entidades de carácter muy familiar, por las que corre la confianza a raudales. Rara es la pequeña empresa que, entre sus trabajadores y directivos, no tiene relaciones más allá del ámbito laboral, es decir: existe amistad o lazos familiares. Como se dice coloquialmente: «la confianza, da asco». Esto lleva a conductas que no veríamos en una gran empresa ni de lejos, tanto para cosas buenas como para cosas malas. Si un trabajador decide que no quiere formarse porque él ya es un profesional de los pies a la cabeza, solo queda encogerse de hombros porque es Pepe, y «ya sabemos cómo es Pepe». Sin embargo, en ocasiones hay que tratar de convencer a ese Pepe de que sea un poco más crítico con sigo mismo, de que venza esa pereza que nos da a todos ponernos con una formación y de que las cosas ya no funcionan como hace 10 años.

2. Los trabajadores son imprescindibles: Una PyMe no puede prescindir de ninguno de sus miembros si se quiere mantener la empresa. Salir adelante requiere de un esfuerzo común de todos los implicados en la empresa remando a la vez y en una misma dirección. Si uno de ellos no está, el empuje no será el mismo. Sabemos que esto es un hecho, pero a lo mejor es conveniente repartir las cargas en la medida de lo posible para conseguir que uno de los trabajadores acuda a un curso o a una clase magistral o, simplemente, dedique unas cuantas horas a formarse online, porque todo eso revertirá positivamente en la empresa.

3. Hay una clara falta de recursos: evidentemente no se puede estar todo el día sufragando cursos para unos y otros porque no hay recursos.  Además, contamos con el problema de que, cuando se consigue alguno, ¿a quién se lo ofreces? ¿con qué criterio? Lo más sencillo para resolver estos casos es, al que más especializado esté en el tema del curso, aunque también podemos proponer este tipo de formación como incentivos. Es una idea compleja porque, lo más probable es que nadie vea una formación como un incentivo de nada, pero lo cierto es que – si lo pensamos fríamente – lo es.

La obsolescencia de los profesionales de toda la vida es un problema serio para las PyMes y hay que tratar de ponerle solución en la medida de lo posible. Por ese motivo, desde Revista Pymes, recomendamos que se invierta en formación (poco o mucho, según lo que cada empresa pueda) y que se trate de transmitir a nuestros profesionales más veteranos que, tras ellos, viene una generación con una única premisa constante: «no me asusta aprender cosas nuevas».

 

 

 

 

 

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