En la bandeja de entrada de mi correo electrónico se acumulan varios mensajes: los que me confirman la reserva de mi hotel, mi billete de avión y el itinerario de mi viaje. Tiemblo pensando que tal vez no haya cobertura en ese lugar olvidado del mundo al que me dirijo porque ¿cómo voy a subir mis fotos a Instagram? ¿Cómo voy a notificar, paso por paso, cada uno de los detalles de mis vacaciones en Twitter? ¿Cómo voy a usar el GPS o quién me va a indicar cuál es el lugar recomendado a escasos metros de donde me encuentro si mi geolocalizador no funciona? El estrés se está apoderando de mí. Es como si hubiera olvidado el móvil en casa pero sin la posibilidad de poder ir a recogerlo. ¿Y si pasa algo y no me entero? ¿Dónde voy a mirar las últimas noticias si no puedo acceder a ningún medio de comunicación online?

Estoy tan enganchada a la tecnología que no sé si sabré vivir sin ella durante quince días… Llamo a mi compañía telefónica para asegurarme de que esto no pasará y…sorpresa… En ese lugar del mundo donde las necesidades más básicas se han quedado por el camino, parece que el “dios de las telecomunicaciones” decidió morar añadiendo la cobertura…

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¡Felices vacaciones con o sin tecnología…! Volvemos en septiembre.

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